…es limitar los patrimonios hasta un millón de dólares.

Un millón de dólares nos parece un umbral suficiente y razonable para revertir la desigualdad de manera pacífica y democrática. Hay otros límites igual de razonables -por encima tal vez se desconcentraría más rápidamente la cúpula del poder, o por debajo se ahondaría en la justicia social- pero creemos que un millón de dólares por persona es una cifra suficiente como para que nadie reclame más, tiene un alto valor simbólico y sería muy eficaz en la práctica.

Quienes tienen más de un millón de dólares son el 0,7% de la población mundial pero poseen el 41% de la riqueza del planeta. A cambio, el 50% de la población mundial debe conformarse con el 0,7% de la riqueza.

No pretendemos que ese pequeño porcentaje de la humanidad, el 0,7%, se quede sin nada sino que se adapten a un patrimonio de un millón de dólares. Creemos que esa renuncia sería suficiente para proteger y garantizar el futuro de todos.

Que los pobres dejen de serlo es un derecho fundamental que no debe estar subordinado a la graciosa voluntad de las élites económicas, pero tampoco sería justo organizar un expolio autoritario contra ellas.

Para reconducir el sistema hacia un modelo más humano y democrático sólo sería necesario que todos respetásemos por igual un mismo límite al patrimonio. Es una condición suficiente, pero también estrictamente necesaria. Si la riqueza colectiva fluye predominantemente hacia arriba y allí tenemos un pozo sin fondo todo esfuerzo será inútil.

Simplemente, queremos derogar una regla absurda, la permisividad con la acumulación infinita de riquezas. Y queremos que todos, voluntariamente o por imposición democrática de la mayoría, abandonemos ese juego inaceptable. Estamos convencidos de que si lo conseguimos el futuro será esplendoroso.

Con el gran salto tecnológico de las últimas décadas y gracias al esfuerzo de los asalariados la productividad capitalista ha creado riqueza más que de sobra para todos. Todos podríamos ser ricos, pero para ello tendremos que repartir la riqueza. Como también habrá que repartir un trabajo que, con el aumento de la productividad, escaseará cada día más. Pero repartir es imposible cuando el poder está en manos de una élite que quiere (y puede) absorber riquezas sin fin.

Las peores desgracias que padecemos no se deben a la naturaleza maligna de los seres humanos sino al estrepitoso fracaso de una regla irracional que tiraniza al sistema económico: admitir una acumulación personal ilimitada. Cuanto antes deroguemos esa norma será mejor. Hay demasiadas potencialidades positivas que están siendo reprimidas por la absurda carrera de la ambición sin línea de meta.

De la serie:
Limitar los patrimonios para corregir la desigualdad

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