…nuestro fundamento económico

La caída del muro de Berlín confirmó el fracaso de las economías planificadas en las que una élite decidía por los demás. Ese acontecimiento, junto con el rotundo éxito económico de China tras incorporarse al neoliberalismo (a costa de una destrucción medioambiental atroz, hay que recalcarlo), han convertido el capitalismo en el único sistema. Sin contrapesos que intenten extraer su rostro humano, habiendo abandonado el objetivo del Estado del Bienestar, el capitalismo global se ha entregado a la peor de sus variantes, un fanático neoliberalismo que intenta soslayar la desigualdad como si no existiera.

El mundo no tiene un problema de escasez sino de reparto. Es improbable que la redistribución de la riqueza venga desde arriba porque el poder está en manos de quienes quieren seguir compitiendo por atesorar hasta el infinito. Tal vez el Partido Comunista de China se vea obligado a limitar los patrimonios para superar una emergencia de crisis (decisiones más radicales han tomado, con el número de hijos, por ejemplo), o algún país de Iberoamérica, cansado de siglos de lucha contra la desigualdad, consiga que un partido tome esa iniciativa desde la política. Pero, salvo sorpresas, nos toca a los de abajo y de propia iniciativa devolver la cordura al sistema. No podemos contar con que lo vaya a hacer una cúpula del poder ciegamente obsesionada por su ambición individualista.

La propensión del capitalismo hacia una desigualdad creciente es evidente, como es incuestionable la necesidad de reconducir esa inclinación perjudicial hacia la razón. Si no ponemos coto a la desigualdad, si se deja en estado salvaje como predica la ideología neoliberal,  el sistema capitalista irá de crisis en crisis hasta el colapso final. Y esta vez, cuando llegue la gran crisis de China, es previsible que las consecuencias sean catastróficas.

No es cierto que el capitalismo funcione mejor con una gran desigualdad patrimonial. Al contrario, la historia ha demostrado que la socialdemocracia, los impuestos progresivos, el acceso de todos a una educación y sanidad de calidad, la lucha, en suma, contra la desigualdad es positiva, conduce a sociedades más estables y menos expuestas a las crisis.

Sin desigualdades extremas el capitalismo puede ser viable. Con ellas no lo será.

De la serie:
Limitar los patrimonios para corregir la desigualdad

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