Capitalismo horizontal

Por un momento hagamos abstracción de otros problemas sociales y de otras medidas necesarias para conducirnos hacia una sociedad mejor. Observemos la afección que tendría establecer un límite a la riqueza sin cambiar otras variables. Al debatir sobre esta posibilidad es frecuente encontrarse con el siguiente reparo: ¿cómo acumularemos el capital necesario para la economía productiva? Y es lógico pensar que de algún modo se vería afectada la forma de obtener financiación para cualquier proyecto empresarial, pero esto no quiere decir que la misma se viese mermada. Creemos que más bien tendría lugar una adaptación, porque ya funcionan las herramientas necesarias para reunir el capital que en cada caso sea necesario, como los fondos de inversión que agregan los ahorros de muchas personas en busca de inversiones rentables.

La mayoría de los grandes proyectos no se deben a una sola fortuna, y esa seguiría siendo la vía. Y en vez de un gran crédito, estos proyectos requerirían múltiples créditos o créditos colectivos, para múltiples inversores beneficiarios. Probablemente se haría más necesario el papel de los mediadores. Pero precisamente ese es el tipo de cosas a las que el mercado suele adaptarse muy bien. Simplemente aumentará la mediación profesional para poner en relación a los copropietarios, (gestores de fondos, administradores de empresas y de fincas, gestión colectiva de créditos, etc.). Además ahora la tecnología permite invertir en cualquier crowdfunding o sociedad de las antípodas con pequeños ahorros. También podemos citar casos como el de MCC, un conglomerado de empresas que incluso ha llegado operar como multinacional bajo la forma de cooperativa.

Por otra parte, nada impide que el propio estado actúe como inversor participando en el capital social de algunas empresas (como ya ocurre en muchas ocasiones), especialmente en las inversiones que tengan mayor interés social, (que quizá debieran ser públicas o estatales. Muchas personas parecen haber olvidado que en los países capitalistas hasta hace dos o tres décadas teníamos empresas estatales para asuntos como la telefonía, la energía o la banca).

Y por último, no hay que confundir volumen de producción (o de capital) con la concentración del mismo. Muchas empresas pueden hacer lo mismo que una grande, y generalmente esto llevará a una mejor distribución de los beneficios, porque (además de que esto suele suponer más empleo y un mejor servicio de proximidad) las multinacionales suelen jugar con las deslocalizaciones, para pagar menos salarios o tasas, y con los paraísos fiscales, el gran desfalco que amparan los gobiernos actuales. También porque las grandes empresas tienen más fácil aprovechar su posición de dominio en los mercados para manipularlos vulnerando la ley de la oferta y la demanda.

La existencia del capital financiero necesario para la producción no debería considerarse una preocupación hoy día. En realidad el capital financiero privado está tan sobredimensionado -incluyendo los fondos de pensiones- que su efecto es el de inflar burbujas de activos, (cuando no es el ladrillo son los alimentos, el fracking o lo que surja), sin aportar valor real. Se invierte en burbujas porque en realidad no existe una cantidad de empresas emergentes equiparables a la dimensión de ese capital, y por la (no)regulación financiera que hace más rentable especular. De hecho el modelo actual está hundiendo a muchas empresas solventes precisamente porque los bancos no están cumpliendo su función de dar créditos a pesar de toda esa riqueza financiera, a pesar de todas las inyecciones de liquidez y a pesar de todos los recortes que se han justificado con esa excusa. Y es que no sólo cuenta la disposición de capital sino también la forma de canalizarlo.

Y yendo un poco más allá podemos fijarnos en cómo el dinero es creado. Hay que poner fin al dominio de la banca en la creación de dinero. Es un asunto crucial pero del que apenas se habla. El llamado dinero positivo se postula como la alternativa más razonable y compatible con los nuevos tiempos en los que el paradigma principal no será ya el crecimiento económico, (que no puede ser interminable en un planeta finito), sino la distribución equitativa y sostenible (tanto de los resultados como de los factores de la transformación económica: el trabajo, el capital y los recursos naturales insustituibles de los que se sirven ambos).

En un modelo que no privilegie la especulación, si hay demanda y por tanto expectativa de beneficio, habrá inversores. Y en un modelo que excluya la posibilidad de una concentración individual desaforada, el capital tendría que integrar a más participantes -y beneficiarios- para poder acumularse en su formación. Una riqueza mejor repartida y unas expectativas de beneficio más distribuidas harían posible una financiación también más distribuida. Por ello el límite a la riqueza favorecería la conciencia de la dependencia mutua y el interés por el bien común, (una forma de progreso económico conjunto y no por termino medio).

¿Y cuál es el límite adecuado? Al no haberse planteado ni siquiera la noción de límite, el capitalismo no ha entrado a valorar a partir de qué punto podemos considerar especialmente perniciosa esa acumulación por todos los motivos que venimos señalando en este blog. Es evidente que una acumulación individual ilimitada hasta que una sola persona pudiera hacerse con la propiedad de todo (y quizá registrar la propiedad de las estrellas como hacía aquel ricachón de El Principito que vivía sólo en su planeta) es imposible porque la sociedad acabaría rebelándose contra ese absurdo por mucho que la supuesta eficiencia de la fría fórmula del mercado nos indicara que es una situación económicamente ‘racional’. Imaginar ese extremo puede mostrar el desvarío de esta lógica de acumulación que actualmente no se limita en ningún punto, pero sin duda antes de llegar a ese punto forzosamente revolucionario -a las malas- ya se habría producido un desequilibrio pernicioso. ¿Por qué no prever ese sesgo integrando cierta equidad patrimonial en los modelos económicos? Hasta la fecha ningún estado capitalista ha incluido en sus leyes algo que sería de sentido común: un límite a la acumulación individual.

Llamar a esto capitalismo horizontal puede parecer contradictorio o incluso sarcástico si consideramos la diferencia entre el umbral de la pobreza y la cifra que proponemos aquí como tope, un millón de dólares, pero si tenemos en cuenta el grado de desigualdad real al que hemos llegado en todo el mundo, la comparativa entre una desigualdad y otra haría parecer plana a la primera. Con esa expresión no he querido proponer nada más que un título sugerente para esta entrada en la que aislamos la variable patrimonial, ‘aplanándola’ y ensanchándola, para proyectar el efecto que tendría este cambio dentro del capitalismo. Cabría intentar aumentar el patrimonio personal pero no sin límite. Y la concentración de grandes capitales para inversiones a gran escala necesitaría reunir a más socios y beneficiarios, ponderando ese poder con un criterio más democrático.

Pero como hemos sugerido hacia la mitad, existen otro tipo de límites, infranqueables, aunque los modelos económicos actuales no los integren en sus cálculos, e imponen la necesidad de un cambio de paradigma económico más profundo, más profundo que las alternativas ensayadas en los últimos siglos, lo cual no quiere decir que sea más difícil de llevar a cabo si nos ponemos de acuerdo. También en ese caso, el concepto de autolimitación -límites elegidos voluntariamente como forma de previsión- deviene en un aumento de posibilidades para el ser humano, y no en su reducción. Por su claro vínculo conceptual con la propuesta que defendemos aquí, en la próxima entrada nos haremos eco de esta Gran Transformación que algunos creemos necesaria.

Javier Ibarra
nomasdeunmillon.org

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4 pensamientos en “Capitalismo horizontal

  1. Continuando con la lógica de introducir un mayor horizontalismo al modelo vigente sin considerar aquí otras variables, sería necesario introducir cierta horizontalidad también en la base: un límite a la pobreza estructural, automático, es decir, una Renta Básica de Ciudadanía. Incluso desde el punto de vista de la iniciativa económica, la renovación de oportunidades que implicaría este otro límite favorecería el dinamismo que se pretende, y sólo la explotación inmisericorde saldría perjudicada. Incluso destacadas figuras promotoras e inspiradoras del actual neoliberalismo ya defendieron esta idea, como Hayek o Milton Friedman (quien propuso un impuesto negativo sobre la renta). Para saber más: http://carnetdeparo.blogspot.com.es/2014/02/fundamentos-del-ingreso-garantizado-de.html?spref=tw

    Con ambas medidas, (límite a la riqueza y RBU), obtendríamos una economía de límites paralelos en la que el capitalismo habría eliminado sus extremos más dañinos en forma de exceso de poder, desmesura y explotación, (y entre otras cosas estaríamos en mejores condiciones para plantearnos con libertad cómo transformar los actuales procesos productivos hacia otros que respeten la biocapacidad del planeta).

  2. Pingback: Índice de entradas | No más de un millón

  3. Estupendo artículo, Javier. Las cosas y las crisis no ocurren porque sí. Tenemos que reorganizar el sistema, la política y la economía, sobre la base de unas nuevas reglas del juego que contengan límites razonables. Por tolerar que se pueda acumular sin fin, quienes se dedican con más etusiasmo a esa absurda tarea acumulan un enorme poder económico que utilizan en su propio interés, y eso no interesa a la mayoría. Si el límite a los patrimonios debe ser 10 M€, como propone Christian Felber en su magnífica propuesta de una Economía del Bien Común (EBC), ó 1M$, como defiende NMUM, es secundario. Lo importante es reconocer que acumular demasiado poder (económico en este caso) no es aceptable para la colectividad y por tanto tampoco debe serlo para nosotros mismos. Tomar conciencia personal del problema global para propiciar el cambio que necesitamos. Saludos.

    • Gracias por tu comentario, Luis.
      Para muchas personas la idea de autolimitarse equivale cerrar el futuro cuando en realidad es todo lo contrario: sin límites a lo insostenible no avanzamos hacia lo que sí es posible. Hoy me he hecho eco aquí mismo de un texto que trata de observar las posibilidades de la humanidad anteponiendo la realidad a los modelos económicos vigentes, que son como un filtro elitista para anular nuestra percepción.
      Saludos

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