Elecciones y desigualdad

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La desigualdad juega un papel central en el debate público. Se lo debemos a economistas como Stiglitz, Piketty o Zucman, y a otras personas más influyentes como el Presidente Obama, que la considera el mayor desafío de nuestro tiempo. También al Papa Francisco, que coincide en esa opinión, aunque hace poco confundió ricos y pobres al denunciar que la pobreza alimenta el terrorismo. No parece que sea así. Lo que nutre el terror es la desigualdad. El terrorismo es la punta de lanza de negocios que utilizan la religión y otros medios para atraer descontentos, ricos o pobres, a una causa que no es otra que esos mismos negocios, sean económicos o políticos. Y esos negocios no están organizados por pobres. Es la desigualdad lo que alimenta el terrorismo, como sustenta y potencia también la pobreza, la destrucción ecológica, la guerra, la violencia, la injusticia, la corrupción, las dictaduras, los refugiados o la emigración.

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Un artículo de Luis Molina

Recetas contra la desigualdad

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La desigualdad es un grave problema que trasciende las fronteras nacionales y exigirá soluciones globales.

En un artículo anterior explicaba que no hay país de la Unión Europea que escape a la desigualdad extrema. Ni siquiera entre los nórdicos, cuya distribución de rentas es mejor (más justa o equilibrada) que el promedio comunitario, pero que mantienen una pésima distribución del patrimonio.

Continuando con aquella reflexión, de menos a más, en el caso de España es previsible que a corto y medio plazo la agudización de las desigualdades de renta impulse una mayor desigualdad patrimonial. La riqueza se concentrará todavía más en la cúspide y mermará por la base engrosando la población de ciudadanos sin recursos patrimoniales, dependientes totales, por tanto, de algún flujo de rentas, sea de un trabajo, del Estado o de la caridad. Y estarán en situación más inestable y precaria debido a los recortes en los derechos sociales. Sigue leyendo en el blog de Economistas frente a la crisis

Un artículo de Luis Molina

La desigualdad en la Unión Europea

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La desigualdad extrema es norma en toda la Unión Europea. Lo es en los países del sur, del este, del centro y también, aunque pueda sorprender, entre los nórdicos.

Antes de ver las cifras, conviene recordar que la desigualdad se debe evaluar según la distribución de los patrimonios. Al rico o al pobre se le distingue por lo que tiene, no por lo que gana. Y esto es aplicable a los grandes ricos de la lista Forbes o a las legiones de desposeídos del mundo.

Hasta el ejecutivo mejor pagado sabe que más vale poseer patrimonio que disponer de rentas. Una persona sin patrimonio es una persona dependiente. De un salario, por muy alto que sea; de su propio esfuerzo y salud, si es el empresario de un pequeño negocio hipotecado; de las prestaciones por desempleo, quien tenga derecho a ellas; de la capacidad de las instituciones para facilitar nuevos empleos; de los servicios y ayudas públicas; de la solidaridad privada o del apoyo de la familia. Dependiente, al fin, en las fronteras de su país o de la posibilidad de emigrar a otro que le trate mejor.

La situación es bien distinta cuando se tiene patrimonio, y tanto mejor cuanto más patrimonio se tenga. Sigue leyendo en el blog de Economistas frente a la crisis

Un artículo de Luis Molina

¿Dónde está la clase media?

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En un artículo anterior, La imagen de la desigualdad en España en 2014, explicaba por qué es un buen método de análisis dividir la riqueza patrimonial en tramos del 10%, o deciles, que permitan distinguir las diferencias entre los de arriba y los de abajo. Siguiendo ese mismo método y utilizando la misma fuente estadística, el Global Wealth Databook 2014 de Credit Suisse (GWD-2014), se puede calcular el patrimonio promedio en cada uno de esos diez tramos. Así, cada cual podrá calcular el suyo propio y ubicarse en esa sintética escala social.

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Un artículo de Luis Molina

La imagen de la desigualdad en España en 2014

Deciles y desigualdad patrimonial

Para quienes pensamos que el gran reto que debemos afrontar en el corto y medio plazo es la desigualdad se ha publicado recientemente uno de los informes más esperados del año, el Global Wealth Report de Credit Suisse y su correspondiente Databook, que ofrece información detallada y actualizada sobre la distribución de los patrimonios en 2014. Su interés se explica porque los yacimientos estadísticos oficiales, sean nacionales o internacionales, proporcionan datos sobre flujos de riqueza o rentas y no de los stocks o patrimonios. Estos últimos son difíciles de cuantificar, entre otras cuestiones por la opacidad de los paraísos fiscales, pero son imprescindibles para un análisis riguroso de la desigualdad. Sigue leyendo en el blog de Economistas frente a la crisis

Un artículo de Luis Molina

Los límites de la transformación y el gran cambio necesario

Los límites definen el mundo y sus posibilidades, pero la fantasía de un capitalismo ‘todopoderoso’ intenta convencernos de que todo es sustituible por todo y de que no es necesario preocuparse por límite alguno. Es la lógica del bebé que sólo tiene que pedir para que le den, sin haber asumido todavía que no todo es posible, que el mundo no es una gran teta a su servicio exclusivo. Sin embarto, en algún momento tendremos que pasar del crecimiento a la madurez o al menos iniciar ese camino. El sacrificio elegido es mejor que el sobrevenido, y a menudo conduce simplemente a otro tipo de placeres, a un disfrute autónomo del hacer en sustitución del placer dependiente de obtener (engullendo sin fin lo que nos rodea). Los límites elegidos voluntariamente como forma de previsión implican un aumento de posibilidades para el ser humano, no su reducción.

En este caso vamos a llevar el concepto de autolimitación más allá de la mera contabilidad patrimonial para hacernos eco de una propuesta que tiene en cuenta los límites naturales que preceden a todo lo demás, todo lo contable y lo inconmensurable:

Programa para una “Gran Transformación”

Javier Ibarra
nomasdeunmillon.org

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Capitalismo horizontal

Por un momento hagamos abstracción de otros problemas sociales y de otras medidas necesarias para conducirnos hacia una sociedad mejor. Observemos la afección que tendría establecer un límite a la riqueza sin cambiar otras variables. Al debatir sobre esta posibilidad es frecuente encontrarse con el siguiente reparo: ¿cómo acumularemos el capital necesario para la economía productiva? Y es lógico pensar que de algún modo se vería afectada la forma de obtener financiación para cualquier proyecto empresarial, pero esto no quiere decir que la misma se viese mermada. Creemos que más bien tendría lugar una adaptación, porque ya funcionan las herramientas necesarias para reunir el capital que en cada caso sea necesario, como los fondos de inversión que agregan los ahorros de muchas personas en busca de inversiones rentables.

La mayoría de los grandes proyectos no se deben a una sola fortuna, y esa seguiría siendo la vía. Y en vez de un gran crédito, estos proyectos requerirían múltiples créditos o créditos colectivos, para múltiples inversores beneficiarios. Probablemente se haría más necesario el papel de los mediadores. Pero precisamente ese es el tipo de cosas a las que el mercado suele adaptarse muy bien. Simplemente aumentará la mediación profesional para poner en relación a los copropietarios, (gestores de fondos, administradores de empresas y de fincas, gestión colectiva de créditos, etc.). Además ahora la tecnología permite invertir en cualquier crowdfunding o sociedad de las antípodas con pequeños ahorros. También podemos citar casos como el de MCC, un conglomerado de empresas que incluso ha llegado operar como multinacional bajo la forma de cooperativa.

Por otra parte, nada impide que el propio estado actúe como inversor participando en el capital social de algunas empresas (como ya ocurre en muchas ocasiones), especialmente en las inversiones que tengan mayor interés social, (que quizá debieran ser públicas o estatales. Muchas personas parecen haber olvidado que en los países capitalistas hasta hace dos o tres décadas teníamos empresas estatales para asuntos como la telefonía, la energía o la banca).

Y por último, no hay que confundir volumen de producción (o de capital) con la concentración del mismo. Muchas empresas pueden hacer lo mismo que una grande, y generalmente esto llevará a una mejor distribución de los beneficios, porque (además de que esto suele suponer más empleo y un mejor servicio de proximidad) las multinacionales suelen jugar con las deslocalizaciones, para pagar menos salarios o tasas, y con los paraísos fiscales, el gran desfalco que amparan los gobiernos actuales. También porque las grandes empresas tienen más fácil aprovechar su posición de dominio en los mercados para manipularlos vulnerando la ley de la oferta y la demanda.

La existencia del capital financiero necesario para la producción no debería considerarse una preocupación hoy día. En realidad el capital financiero privado está tan sobredimensionado -incluyendo los fondos de pensiones- que su efecto es el de inflar burbujas de activos, (cuando no es el ladrillo son los alimentos, el fracking o lo que surja), sin aportar valor real. Se invierte en burbujas porque en realidad no existe una cantidad de empresas emergentes equiparables a la dimensión de ese capital, y por la (no)regulación financiera que hace más rentable especular. De hecho el modelo actual está hundiendo a muchas empresas solventes precisamente porque los bancos no están cumpliendo su función de dar créditos a pesar de toda esa riqueza financiera, a pesar de todas las inyecciones de liquidez y a pesar de todos los recortes que se han justificado con esa excusa. Y es que no sólo cuenta la disposición de capital sino también la forma de canalizarlo.

Y yendo un poco más allá podemos fijarnos en cómo el dinero es creado. Hay que poner fin al dominio de la banca en la creación de dinero. Es un asunto crucial pero del que apenas se habla. El llamado dinero positivo se postula como la alternativa más razonable y compatible con los nuevos tiempos en los que el paradigma principal no será ya el crecimiento económico, (que no puede ser interminable en un planeta finito), sino la distribución equitativa y sostenible (tanto de los resultados como de los factores de la transformación económica: el trabajo, el capital y los recursos naturales insustituibles de los que se sirven ambos).

En un modelo que no privilegie la especulación, si hay demanda y por tanto expectativa de beneficio, habrá inversores. Y en un modelo que excluya la posibilidad de una concentración individual desaforada, el capital tendría que integrar a más participantes -y beneficiarios- para poder acumularse en su formación. Una riqueza mejor repartida y unas expectativas de beneficio más distribuidas harían posible una financiación también más distribuida. Por ello el límite a la riqueza favorecería la conciencia de la dependencia mutua y el interés por el bien común, (una forma de progreso económico conjunto y no por termino medio).

¿Y cuál es el límite adecuado? Al no haberse planteado ni siquiera la noción de límite, el capitalismo no ha entrado a valorar a partir de qué punto podemos considerar especialmente perniciosa esa acumulación por todos los motivos que venimos señalando en este blog. Es evidente que una acumulación individual ilimitada hasta que una sola persona pudiera hacerse con la propiedad de todo (y quizá registrar la propiedad de las estrellas como hacía aquel ricachón de El Principito que vivía sólo en su planeta) es imposible porque la sociedad acabaría rebelándose contra ese absurdo por mucho que la supuesta eficiencia de la fría fórmula del mercado nos indicara que es una situación económicamente ‘racional’. Imaginar ese extremo puede mostrar el desvarío de esta lógica de acumulación que actualmente no se limita en ningún punto, pero sin duda antes de llegar a ese punto forzosamente revolucionario -a las malas- ya se habría producido un desequilibrio pernicioso. ¿Por qué no prever ese sesgo integrando cierta equidad patrimonial en los modelos económicos? Hasta la fecha ningún estado capitalista ha incluido en sus leyes algo que sería de sentido común: un límite a la acumulación individual.

Llamar a esto capitalismo horizontal puede parecer contradictorio o incluso sarcástico si consideramos la diferencia entre el umbral de la pobreza y la cifra que proponemos aquí como tope, un millón de dólares, pero si tenemos en cuenta el grado de desigualdad real al que hemos llegado en todo el mundo, la comparativa entre una desigualdad y otra haría parecer plana a la primera. Con esa expresión no he querido proponer nada más que un título sugerente para esta entrada en la que aislamos la variable patrimonial, ‘aplanándola’ y ensanchándola, para proyectar el efecto que tendría este cambio dentro del capitalismo. Cabría intentar aumentar el patrimonio personal pero no sin límite. Y la concentración de grandes capitales para inversiones a gran escala necesitaría reunir a más socios y beneficiarios, ponderando ese poder con un criterio más democrático.

Pero como hemos sugerido hacia la mitad, existen otro tipo de límites, infranqueables, aunque los modelos económicos actuales no los integren en sus cálculos, e imponen la necesidad de un cambio de paradigma económico más profundo, más profundo que las alternativas ensayadas en los últimos siglos, lo cual no quiere decir que sea más difícil de llevar a cabo si nos ponemos de acuerdo. También en ese caso, el concepto de autolimitación -límites elegidos voluntariamente como forma de previsión- deviene en un aumento de posibilidades para el ser humano, y no en su reducción. Por su claro vínculo conceptual con la propuesta que defendemos aquí, en la próxima entrada nos haremos eco de esta Gran Transformación que algunos creemos necesaria.

Javier Ibarra
nomasdeunmillon.org

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