¿Por qué un millón de dólares?

La propuesta previa en la que nos hemos inspirado ha situado en un millón de dólares el necesario límite a la riqueza, como cifra de referencia global clara, estudiada y más que suficiente para que, quien lo busque, pueda sentir que ha logrado su “triunfo” económico. Es un tope que el 99% de la población podría asumir sin ver mermado su patrimonio. Sólo el 0,7% de la población mundial lo supera, pero esa minoría posee un escandaloso 41% de la riqueza mundial. (Global Wealth Report 2013. Ver gráfico pag.22). El hecho de que esta cifra sea tomada como referencia en los estudios globales permite precisar el desequilibrio de la riqueza y hacer un seguimiento de la misma. No es un criterio arbitrario. Si hablamos de rentas mínimas, (SMI, Renta Básica, pensiones…), cada euro que varía la cifra cambia algo en la vida de las personas. Pero al tratar de máximos lo importante ya no es ese detalle sino la facilidad de manejo y de seguimiento del guarismo. Una vez situados en cifras que ya marcan la desigualdad extrema, el mejor criterio para fijar el límite concreto es que la cantidad sea útil como referencia clara y estudiable.

¿Es un límite demasiado alto? ¿Permite demasiada desigualdad como para hablar de una sociedad ideal? ¿Cabría elegirlo individualmente? Muchas personas estarían dispuestas a no tener propiedad privada alguna, (si acaso, usufructo), siempre y cuando todos tuviéramos un buen acceso a bienes comunes y una garantía para lo básico. Ahora, en cambio, se siente mucha presión hacia la acumulación, preventiva o posicional, como consecuencia del modelo económico del que dependemos, competitivo, excluyente o exclusivo. Es decir, el límite que a cada cual le parezca óptimo también dependerá del tipo de sociedad en la que se espere vivir. Pero en cualquier caso, como mero límite que es, con él no se pretende definir una utopía acabada ni un ideal personal. El apoyo a una limitación de la riqueza individual “sólo” busca anular la legitimación de los desequilibrios actuales proponiendo una norma del funcionamiento económico deseable, una pauta social que aún no tenemos, aceptando y reivindicando un techo común que, como tal, ha de ser compartido, igual para todos, cosa perfectamente compatible con defender en otros contextos algún modelo de sociedad que vaya más allá de este primer paso.